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Comentarios del Presidente Barack Obama: Discurso sobre el Estado de la Unión
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Comentarios del Presidente Barack Obama: Discurso sobre el Estado de la Unión Featured

La Casa Blanca está revelando el texto completo del discurso del Estado de la Unión a través de su página de Medium. La versión preparada del discurso está disponible AQUÍ, junto a herramientas que permitirán que las personas puedan seguir el discurso mientras lo ven en vivo, observando gráficas en temas importantes, para que puedan twittear sus pasajes favoritos, y puedan dejar anotaciones comentando sobre el discurso.

 El texto completo del Discurso del Estado de la Unión, versión preparada, está publicado ahora en Medium y se puede ver aquí: http://go.wh.gov/SOTUMedium        

Este es un ritual de la noche del Discurso del Estado de la Unión en Washington. Antes del discurso, la Casa Blanca envía una copia embargada del discurso del Presidente a la prensa (embargado significa que la prensa puede ver el discurso pero no pueden informar sobre el hasta una hora designada). Los periodistas luego empiezan a enviárselo a las personas del Capitolio para obtener su reacción y luego esas personas se las envían a sus amigos y eventualmente todos en Washington pueden leerlo pero el público se queda a oscuras.

Este año cambiamos eso.

Por primera vez, la Casa Blanca está haciendo que el texto completo del discurso esté disponible para los ciudadanos de todo el país a través del internet. En Medium, puede seguir el discurso en vivo, ver las gráficas e infografías en temas importantes, twittear pasajes favoritos, y dejar anotaciones. Al hacer el texto disponible al público de antemano, la Casa Blanca esta continuando esfuerzos para llegar a una audiencia amplia en internet y darle a las personas una gama de opciones para ver el discurso.

-----Señor Presidente de la Cámara de Representantes, Señor Vicepresidente, miembros del Congreso y conciudadanos: 

Han pasado quince años de este nuevo siglo. Quince años que comenzaron con la presencia del terror en nuestras costas; que transcurrieron con una generación en dos guerras largas y costosas; que vieron una recesión brutal que se expandía por nuestra nación y por el mundo. Han sido, y aun son, tiempos difíciles para muchos. Pero esta noche vamos a dar un giro.

 

Esta noche, después de un año de logros significativos para Estados Unidos, nuestra economía crece y genera empleos al ritmo más rápido desde 1999. La tasa de desempleo es ahora menor de lo que era antes de la crisis financiera. Más de nuestros hijos se gradúan hoy que antes; más de nuestra población tiene seguro médico hoy que antes; somos más libres de las garras del petróleo extranjero de lo que hemos sido en casi 30 años.

 

Esta noche, por primera vez desde el 11 de septiembre, ha terminado nuestra misión de combate en Afganistán. Hace seis años, casi 180,000 tropas estadounidenses prestaron servicio en Irak y Afganistán. Hoy quedan menos de 15,000. Y rendimos homenaje al valor y al sacrificio de todos los hombres y mujeres en esta generación del 11 de septiembre que ha prestado servicio para garantizar nuestra seguridad. Nos sentimos agradecidos y honrados por su servicio.

 

Estados Unidos, por todo lo que hemos sufrido; por toda la determinación y el trabajo duro requeridos para volver; por todo el trabajo que tenemos por delante, es importante saber esto: 

 

La sombra de la crisis ha pasado y el Estado de la Unión está fuerte.

 

En este momento, con una economía en crecimiento, una disminución de los déficits, una industria desbordante y una producción energética en auge, hemos salido de la recesión con más libertad para escribir nuestro propio futuro que cualquier otra nación en la Tierra. Ahora depende de nosotros elegir quiénes queremos ser en los próximos quince años y en las décadas venideras.

 

¿Aceptaremos una economía en la que solo algunos de nosotros vivamos espectacularmente bien? ¿O nos comprometeremos a desarrollar una economía que genere sueldos que aumentan y oportunidades para todos aquellos que se esfuercen?

 

¿Nos enfrentaremos al mundo con miedo y reactivos, arrastrados a conflictos costosos que ejerzan presión en nuestras fuerzas armadas y reduzcan nuestra posición? ¿O nos guiaremos de forma inteligente, usando todos los elementos de nuestro poder para derrotar nuevas amenazas y proteger a nuestro planeta?

 

¿Vamos a dejar que lleguemos a dividirnos en facciones y nos enfrentemos los unos contra los otros, o podremos recuperar el sentido de propósito común que siempre ha propulsado a Estados Unidos hacia adelante?

 

En dos semanas, mandaré al Congreso un presupuesto lleno de ideas prácticas, no partidistas. Y en los meses que vienen cruzaré el país para defender mi postura en cuanto a esas ideas.

 

Por eso, esta noche, quiero centrarme menos en una lista de propuestas y centrarme más en los valores que están en juego a la hora de tomar las decisiones que se nos presentan.

 

Empieza con nuestra economía.

 

Hace siete años, Rebekah y Ben Erler de Minneapolis estaban recién casados. Ella era camarera. Él trabajaba en la construcción. Su primer hijo, Jack, estaba en camino.

 

Eran jóvenes, estaban enamorados en Estados Unidos y había muchas posibilidades de mejorar eso.

 

“Si tan solo hubiéramos sabido”, me escribió Rebekah en la primavera, “lo que estaba a punto de suceder en el sector inmobiliario y de la construcción”. Con la agudización de la crisis, el negocio de Ben cayó en picada, por lo que él aceptó cualquier trabajo que pudo encontrar, incluso si eso significaba tener que viajar durante largos períodos de tiempo. Rebekah consiguió préstamos de estudiante, se inscribió en un colegio comunitario y tomó la decisión de cambiar de profesión. Se sacrificaron el uno por el otro. Y poco a poco vieron el fruto. Compraron su primera vivienda. Tuvieron su segundo hijo, Henry. Rebekah consiguió un trabajo mejor y luego un aumento de sueldo. Ben ha vuelto a la construcción, y llega a casa para cenar todos los días.

 

“Es increíble”, escribió Rebekah, “de lo que uno puede recuperarse cuando tiene que hacerlo... somos una familia fuerte y muy unida que ha superado momentos extremadamente difíciles”.

 

Somos una familia fuerte y muy unida que ha superado momentos extremadamente difíciles.

 

Estados Unidos, la historia de Rebekah y Ben es nuestra historia. Ellos representan a millones que han trabajado duro y han hecho recortes y sacrificios y cambios. Ustedes son la razón por la que quise asumir este cargo. Ustedes son la gente que tenía en mis pensamientos hace seis años este mismo día, en los meses más difíciles de la crisis, cuando me puse de pie en los escalones de este Capitolio y prometí que reconstruiría la economía sobre una nueva base. Y han sido sus esfuerzos y resistencia los que han hecho posible que nuestro país salga de la crisis más fuerte que antes.

 

Confiamos en poder detener el flujo de trabajos que se mandan al extranjero y traer trabajos nuevos a nuestras costas. En los últimos cinco años nuestras empresas han creado más de 11 millones de puestos de trabajo nuevos.

 

Confiamos en nuestra capacidad de reducir nuestra dependencia del petróleo extranjero y proteger nuestro planeta. Y hoy, Estados Unidos es el número uno en petróleo y gas. Estados Unidos es el número uno en energía eólica. Cada tres semanas introducimos en las redes la misma cantidad de energía solar que en todo el año 2008. Y gracias a que ha bajado el precio de la gasolina y han aumentado los estándares de combustible, la familia promedio este año debería ahorrarse $750 en gasolina.

 

Confiamos en que podemos preparar a nuestros hijos para un mundo más competitivo. Y hoy, nuestros estudiantes más jóvenes han obtenido las notas más altas en matemáticas y lectura de la historia, las cifras de graduación de la escuela secundaria han batido un nuevo récord, y más personas que viven en Estados Unidos terminan la universidad que antes.

 

Confiamos en que al contar con regulaciones prudentes podríamos prevenir otra crisis, proteger a las familias de la ruina y fomentar la competencia justa. En la actualidad, tenemos nuevas herramientas para acabar con los rescates financieros pagados por los contribuyentes y un nuevo defensor del consumidor que nos proteja de los préstamos y las prácticas crediticias abusivas. Tan solo en el último año, unos diez millones de personas que vivían en Estados Unidos sin seguro médico por fin cuentan con la seguridad de tener cobertura de salud.

 

A cada paso, nos decían que nuestros objetivos no eran correctos o que eran demasiado ambiciosos; que destruiríamos empleos y aumentaríamos el déficit. En lugar de eso, hemos visto el crecimiento económico más rápido en más de una década, el déficit reducido en dos tercios, un aumento del doble en el mercado bursátil y la inflación en atención médica más baja de los últimos cincuenta años.

 

Por lo tanto, el veredicto está claro: La economía de la clase media funciona. Expandir las oportunidades funciona. Y estas políticas seguirán funcionando, siempre que la política no se interponga en su camino. No podemos frenar el crecimiento empresarial ni poner en riesgo nuestra economía con cierres de la administración del gobierno ni confrontaciones fiscales. No podemos arriesgar la seguridad de las familias al quitarles el seguro de salud, ni deshacer las nuevas reglas en Wall Street, ni volver a las mismas luchas del pasado sobre inmigración cuando lo que tenemos que hacer es arreglar el sistema. Y si llega a mi despacho un proyecto de ley que pretenda hacer cualquiera de estas cosas, lo vetaré.

 

Hoy, gracias a una economía en crecimiento, la recuperación está tocando más y más vidas. Los salarios por fin están empezando a aumentar. Sabemos que más pequeños empresarios van a aumentar el sueldo de sus empleados que en cualquier momento desde 2007. Sin embargo, la cuestión es que los que estamos en esta sala esta noche no debemos conformarnos solo con que el gobierno no se convierta en un freno para el progreso que estamos logrando. Debemos hacer más que evitar empeorar. Esta noche, juntos, hagamos más por recuperar la conexión entre el trabajo duro y la creación de oportunidades para todas las personas que viven en Estados Unidos.

 

Porque las familias como la de Rebekah aún necesitan nuestra ayuda. Ella y Ben trabajan más que nunca, pero tienen que renunciar a las vacaciones y a un automóvil nuevo para poder pagar los préstamos de estudiantes y ahorrar para la jubilación. El cuidado infantil básico para Jack and Henry cuesta más que su hipoteca y casi tanto como un año en la Universidad de Minnesota. Como millones de trabajadores que viven en Estados Unidos, Rebekah no está pidiendo ayuda financiera; pero sí nos pide que busquemos más maneras de ayudar a las familias a salir adelante.

 

De hecho, siempre que hemos presenciado un cambio económico en nuestra historia, este país ha tomado medidas audaces para adaptarse a nuevas circunstancias y para asegurar que todos tengan una oportunidad justa. Creamos protecciones para los trabajadores, el Seguro Social, Medicare y Medicaid para protegernos de la peor adversidad. Les dimos a nuestros ciudadanos escuelas y universidades, infraestructura e Internet, las herramientas que necesitaban para llegar hasta donde los llevaran sus esfuerzos.

 

Eso es lo que significa la economía de la clase media: la idea de que este país va mejor cuando todos tienen una oportunidad justa, todos ponen de su parte y todos siguen las mismas reglas. No solo queremos que todos compartan el éxito de Estados Unidos, queremos que todos contribuyan a nuestro éxito.

 

Entonces, ¿qué necesita la economía de la clase media en nuestros tiempos?

 

Primero, la economía de la clase media significa ayudar a las familias trabajadoras a sentirse más seguras en un mundo de cambios constantes. Eso significa ayudar a la gente a pagar el cuidado infantil, la universidad, la atención médica, una casa y la jubilación, y mi presupuesto abordará cada uno de estos asuntos, mediante la reducción de impuestos de las familias trabajadoras y la recuperación de miles de dólares en sus bolsillos cada año.

 

Aquí tienen un ejemplo. Durante la Segunda Guerra Mundial, cuando hombres como mi abuelo se fueron a luchar, era muy importante para la seguridad nacional que las mujeres como mi abuela formaran parte de la fuerza laboral; por eso, el país empezó a ofrecer cuidado infantil universal. En nuestra economía actual, cuando tener a ambos padres en la fuerza laboral es una necesidad económica para muchas familias, hace falta tener cuidado infantil asequible de alta calidad más que nunca. No es algo que sea agradable tener. Es algo que necesitamos tener. Es hora de que dejemos de tratar el cuidado infantil como un tema secundario, o un tema de mujeres y lo tratemos como la prioridad económica nacional que es para todos nosotros. Y es por eso que mi plan hará que el cuidado infantil de alta calidad esté más disponible, y sea más asequible, para todas las familias de clase media y de bajos ingresos con niños pequeños en Estados Unidos; con más cupos y un nuevo recorte de impuestos de $3,000 por niño, por año.

 

Aquí tienen otro ejemplo. En la actualidad somos el único país avanzado de la Tierra que no garantiza la licencia pagada por enfermedad ni la licencia pagada por maternidad a nuestros trabajadores y trabajadoras. Cuarenta y tres millones de trabajadores no tienen licencia pagada por enfermedad. Cuarenta y tres millones. Piensen sobre eso. Y que eso obliga a demasiados padres a tomar la decisión difícil de elegir entre un sueldo o quedarse en casa con su hijo enfermo. Por eso voy a tomar una nueva medida para ayudar a los estados a crear sus propias leyes de licencia pagada. Y puesto que la licencia pagada por enfermedad ganó donde se sometió a votación el pasado noviembre, sometámosla a aquí mismo en Washington. Mándenme un proyecto de ley que ofrezca a todos los trabajadores de Estados Unidos la oportunidad de recibir siete días de licencia pagada por enfermedad. Es lo correcto.

 

Por supuesto, nada ayuda más a las familias a llegar a fin de mes que un aumento de sueldo. Por eso este Congreso aún tiene que aprobar una ley que garantice que la mujer reciba el mismo salario que el hombre cuando hace el mismo trabajo. En serio. Es el año 2015. Ya es hora. Todavía necesitamos garantizar que los trabajadores reciban el tiempo extra que se han ganado. Quiero decirles a todos los miembros de este Congreso que todavía se niegan a aumentar el salario mínimo lo siguiente: Si realmente creen que ustedes serían capaces de trabajar a tiempo completo y mantener una familia con un sueldo anual inferior a $15,000, inténtenlo. Si no, voten para darles a millones de las personas más trabajadoras en Estados Unidos un aumento.

 

Estas ideas no harán que todos sean ricos, ni eliminarán las dificultades para todos. Esa no es la función del gobierno. Para dar a las familias trabajadoras una oportunidad justa, todavía necesitaremos más empresarios que miren más allá de los ingresos del próximo trimestre y que reconozcan que invertir en su fuerza laboral les va a beneficiar a la larga. Todavía necesitamos leyes que refuercen en lugar de debilitar a los sindicatos y que les den voz a los trabajadores en Estados Unidos. Sin embargo, cosas como el cuidado infantil y la licencia por enfermedad pagada y el mismo salario para mujeres y hombres; cosas como primas hipotecarias más bajas y el salario mínimo más alto, estas ideas marcarán una diferencia significativa en las vidas de millones de familias. Eso es un hecho. Y eso es lo que a todos nosotros, republicanos y demócratas por igual, nos han mandado a hacer aquí.

 

Segundo, para asegurar que la gente siga recibiendo sueldos más altos en el futuro, tenemos que hacer más para ayudar a que las personas que viven en Estados Unidos adquieran nuevas habilidades.

 

Estados Unidos prosperó en el siglo XX porque hicimos que la escuela secundaria fuera gratuita, mandamos a una generación entera de soldados a la universidad y entrenamos a la fuerza de laboral del mundo. Sin embargo, en la economía del siglo XXI que recompensa el conocimiento más que nunca, tenemos que hacer más.

 

Cuando termine esta década, dos de cada tres ofertas de empleo requerirán al menos algún nivel de educación superior. Dos de cada tres. Y aún así, vivimos en un país donde hay demasiadas personas inteligentes y que se esfuerzan que no pueden conseguir la educación que necesitan porque no se lo pueden permitir. No es justo para ellos y no es inteligente para nuestro futuro.

 

Por eso voy a mandarle al Congreso un nuevo y audaz plan para reducir el costo de los colegios comunitarios a cero.

 

El cuarenta por ciento de nuestros estudiantes universitarios eligen un colegio comunitario. Algunos son jóvenes y acaban de empezar. Otros son mayores y buscan un empleo mejor. Algunos son veteranos y padres solteros que intentan volver al mercado laboral. Quienquiera que sea usted, este plan es su oportunidad para graduarse preparado para la nueva economía, sin una gran deuda a sus espaldas. Tiene que entender que tiene que ganárselo, tendrá que mantener sus notas altas y graduarse a tiempo. Tennessee, un estado con un liderazgo republicano, y Chicago, una ciudad con un liderazgo demócrata, nos enseñan que los colegios comunitarios gratis son posibles. Quiero ver esa idea extenderse en todo Estados Unidos, para que dos años de estudios en colegios comunitarios sean gratuitos y universales en Estados Unidos como la educación secundaria lo es en la actualidad. Y quiero trabajar con este Congreso, para asegurarnos de que aquellos abrumados con la carga de préstamos estudiantes puedan reducir sus pagos mensuales, para que la deuda de estudiante no haga que nadie arruine sus sueños.

 

Gracias al gran trabajo del Vicepresidente Biden de actualizar nuestro sistema de capacitación laboral, estamos conectando los colegios comunitarios con empresarios locales para adiestrar a trabajadores para ocupar puestos de trabajo altamente remunerados como codificación, enfermería y robótica. Esta noche también les pido a más empresas que sigan el ejemplo de compañías como CVS y UPS, y que ofrezcan más beneficios educativos y prácticas pagadas; oportunidades que permiten a los trabajadores tener acceso a puestos de trabajo mejor pagados incluso si no han cursado una educación superior.

 

Y ahora que una nueva generación de veteranos vuelve a casa, les debemos todas las oportunidades posibles para vivir el Sueño Americano que ayudaron a defender. Ya hemos conseguido mucho por garantizar que todos los veteranos tengan acceso a los mejores servicios. Estamos reduciendo la lista de casos pendientes que tenía a demasiados veteranos esperando meses, si no años, para recibir los beneficios que necesitan, y estamos haciendo que sea más sencillo para los veteranos convertir su adiestramiento y experiencia en empleos civiles. Joining Forces, la campaña nacional lanzada por Michelle y Jill Biden, por ahora ha ayudado a casi 700,000 veteranos y cónyuges militares a conseguir nuevos trabajos. A cada director general de Estados Unidos, déjenme repetirles: Si quieren contratar a alguien que sin duda haga el trabajo, contraten a un veterano.

 

Por último, a medida que capacitamos mejor a nuestros trabajadores, también necesitamos que la nueva economía continúe creando puestos de trabajo altamente remunerados para que los ocupen nuestros trabajadores. 

 

Desde el 2010, Estados Unidos ha creado más puestos de trabajo que Europa, Japón y todas las demás economías avanzadas juntas. Nuestros fabricantes han agregado casi 800,000 empleos nuevos. Algunos de nuestros sectores fundamentales, como nuestra industria automotriz, están en auge. Pero también hay millones de personas que viven en Estados Unidos que tienen trabajos que ni siquiera existían hace diez o veinte años: trabajos en empresas como Google, eBay y Tesla. 

 

Por lo que nadie sabe con certeza cuáles serán las industrias que generarán puestos de trabajo en el futuro. Pero sabemos que los queremos aquí en Estados Unidos. Es por ello que la tercera parte del progreso económico de la clase media consiste en crear la economía más competitiva del mundo, el lugar donde las empresas querrán ubicarse y contratar.

 

Las empresas del siglo XXI necesitan una infraestructura del siglo XXI: puertos modernos, puentes más sólidos, trenes más veloces e Internet más rápido. Los demócratas y los republicanos solían estar de acuerdo en esto. Así que pongamos la mira en algo más ambicioso que un simple oleoducto. Aprobemos un plan de infraestructuras bipartidista que tenga el potencial de multiplicar por más de treinta los puestos de trabajo creados por año y de hacer que este país sea más fuerte durante las décadas venideras.

 

Las empresas del siglo XXI, incluidas las pequeñas empresas, tienen que vender más productos de Estados Unidos en el extranjero. En la actualidad, nuestras empresas exportan más que nunca y los exportadores tienden a pagar mejores salarios a sus trabajadores. Pero al mismo tiempo, China desea establecer las reglas de la región con el crecimiento más rápido del mundo. Eso pondría a nuestros trabajadores y nuestras empresas en desventaja. ¿Por qué deberíamos dejar que eso ocurra? Somos nosotros quienes deberíamos establecer esas reglas. Somos nosotros quienes deberíamos fijar condiciones equitativas. Por ello, les pido a ambos partidos que me otorguen la autoridad de promoción comercial a fin de proteger a los trabajadores que viven en Estados Unidos y celebrar nuevos tratados comerciales sólidos con países de Asia a Europa que no solo sean de libre comercio sino que también promuevan un comercio justo. 

 

Miren, yo soy el primero en admitir que los tratados comerciales anteriores no han cumplido siempre con las expectativas y por eso hemos ido a por los países que rompen las reglas a nuestra costa. Pero el 95 por ciento de los consumidores del mundo viven fuera de nuestras fronteras y no podemos renunciar a esas oportunidades. Más de la mitad de los ejecutivos del sector manufacturero han expresado que están estudiando de forma activa cómo traer empleos de vuelta desde China. Démosles otra razón más para hacerlo.

 

Las empresas del siglo XXI dependerán de la ciencia, la tecnología, la investigación y el desarrollo que se realice en Estados Unidos. Quiero que el país que eliminó la poliomielitis y mapeó el genoma humano dé pie a una nueva era en el campo de la medicina: un país que sea capaz de prestar el tratamiento adecuado en el momento correcto. En algunos pacientes con fibrosis quística, este enfoque ha servido para revertir una enfermedad que se creía incontenible. Esta noche, voy a lanzar una Iniciativa de medicina de precisión que nos acercará más a curar enfermedades como el cáncer y la diabetes, y que nos dará a todos acceso a la información personalizada que precisamos para cuidar mejor nuestra salud y la de nuestras familias.

 

Tengo la intención de proteger un Internet libre y abierto, ampliar su alcance a todas las aulas y a todas las comunidades, y ayudar a los especialistas a construir redes más rápidas, para que la próxima generación de innovadores y emprendedores digitales tengan la plataforma para seguir transformando nuestro mundo.

 

Quiero que las personas que viven en Estados Unidos ganen la carrera en pos de los descubrimientos que crearán toda una serie de trabajos nuevos: convirtamos la luz solar en combustible líquido, creemos prótesis revolucionarias para que un veterano que dio sus brazos por este país pueda jugar al béisbol otra vez con su hijo, exploremos los confines del sistema solar no simplemente para visitarlos sino para quedarnos. El mes pasado, lanzamos una nueva astronave como parte del flamante programa espacial que va a llevar a astronautas estadounidenses a Marte. Dentro de dos meses, a fin de prepararnos para dichas misiones, Scott Kelly realizará una estancia de un año en el espacio. Buena suerte, Capitán Kelly, y asegúrese de compartir sus aventuras con todos nosotros por Instagram.

 

Ahora, la verdad es que cuando se trata de temas como la infraestructura y la investigación básica, sé que tenemos el apoyo bipartidista en esta cámara. Me lo han comunicado miembros de ambos partidos. Sin embargo, solemos toparnos demasiado a menudo con dificultades insalvables cuando intentamos decidir cómo pagar esas inversiones. Las personas que vivimos en Estados Unidos no estamos en contra de pagar la parte de los impuestos que nos corresponde siempre que los demás también lo hagan. Pero durante demasiado tiempo, los cabilderos han amañado el código fiscal con lagunas tributarias que permiten que ciertas corporaciones no paguen nada mientras los demás pagan toda la carga. Lo han plagado de concesiones que los superricos no necesitan y han negado un recorte a las familias de clase media que sí lo necesitan. 

 

Este año tenemos una oportunidad de cambiar todo esto. Cerremos las lagunas tributarias para dejar de recompensar a las empresas que mantienen las ganancias en el extranjero y premiar a aquellas que invierten en Estados Unidos. Usemos esos ahorros para reconstruir nuestra infraestructura a fin de atraer a las empresas para que traigan los empleos de vuelta a casa. Simplifiquemos el sistema y dejemos que los propietarios de las pequeñas empresas hagan su declaración con base en sus estados de cuenta bancarios reales, en vez de la cantidad de contadores que se puedan permitir. Y cerremos las lagunas tributarias que fomentan la desigualdad al permitir que el uno por ciento más rico evite pagar impuestos sobre su riqueza acumulada. Podemos usar ese dinero para ayudar a más familias a pagar sus gastos de cuidado infantil y enviar a sus hijos a la universidad. Necesitamos un código fiscal que ayude realmente a los trabajadores que viven en Estados Unidos a progresar en la nueva economía, y podemos lograrlo juntos.

 

Ayudemos a las familias trabajadoras a llegar a fin de mes sin dificultades. Démosles las herramientas que necesitan para conseguir empleos bien remunerados en esta nueva economía. Mantengamos las condiciones que fomentan el crecimiento y la competitividad. Ese es el rumbo que debe tomar Estados Unidos. Estoy convencido de que es el rumbo que quieren tomar las personas que viven en Estados Unidos. Es el rumbo que hará que nuestra economía sea más fuerte de aquí a un año, dentro de quince años y bien entrado el siglo. 

 

Por supuesto, si hay algo que nos ha enseñado este siglo es que no podemos separar el trabajo que debemos realizar aquí de los desafíos que tenemos más allá de nuestras fronteras.

 

Mi primer deber como Comandante en Jefe es defender a Estados Unidos de América. En esa capacidad la pregunta no es si Estados Unidos lidera el mundo, sino cómo lo hace. Cuando tomamos decisiones apresuradas y reaccionamos ante los titulares en vez de usar nuestra cabeza, cuando la primera respuesta ante un desafío es enviar a nuestras fuerzas armadas, corremos el riesgo de ser arrastrados a pelear en conflictos innecesarios y le damos la espalda a la estrategia de más amplio prospecto que necesitamos para tener un mundo más seguro y próspero. Eso es lo que nuestros enemigos quieren que hagamos.

 

Yo creo en un liderazgo estadounidense más inteligente. Lideramos mejor cuando combinamos nuestro dominio militar con una estrategia diplomática sólida, cuando utilizamos nuestro poder para formar alianzas internacionales, cuando no dejamos que nuestros temores nos cieguen y nos impidan ver las oportunidades que nos presenta este nuevo siglo. Esto es exactamente lo que estamos haciendo ahora mismo, y está marcando la diferencia alrededor del mundo.

 

En primer lugar, nos mantenemos unidos en solidaridad con las personas de todo el mundo que han sido atacadas por los terroristas, desde una escuela en Pakistán hasta las calles de París. Seguiremos persiguiendo y acabando con los terroristas, además de desmantelar sus redes y nos reservamos el derecho de actuar unilateralmente, como hemos hecho sin cesar desde que asumí mi cargo para eliminar a los terroristas que representan una amenaza directa para nosotros y nuestros aliados. 

 

Al mismo tiempo, en los últimos trece años hemos aprendido algunas lecciones costosas.

 

En lugar de tener patrullas americanas en los valles de Afganistán, hemos entrenado a sus fuerzas de seguridad, que ahora se encuentran a cargo, y hemos honrado el sacrificio de nuestras tropas con el apoyo la primera transición democrática de ese país. En lugar de enviar a un gran número de fuerzas armadas al extranjero, vamos a formar alianzas con países del sur de Asia al norte de África para denegar a los terroristas que amenazan a Estados Unidos un lugar para refugiarse.

En Irak y Siria, el liderazgo estadounidense, que incluye nuestro poder militar, está parando el avance de ISIL. En lugar de vernos arrastrados a otra guerra terrestre en Oriente Medio, estamos liderando una amplia coalición que incluye a las naciones árabes para degradar y, en última instancia, destruir a este grupo terrorista. También estamos apoyando una oposición moderada en Siria que nos pueda ayudar con estos esfuerzos a nivel mundial para asistir a la gente que se alza contra la ideología sin fundamento del extremismo violento. Este esfuerzo va a requerir tiempo. Y va a requerir concentración. Pero triunfaremos. Y esta noche le pido al Congreso que le muestre al mundo que estamos unidos en esta misión y que apruebe una resolución que autorice el uso de la fuerza contra ISIL. 

 

En segundo lugar, estamos demostrando el poder de la diplomacia y la fuerza estadounidenses. Estamos defendiendo el principio de que las naciones grandes no pueden intimidar a las pequeñas: es lo que hemos hecho al oponernos a la agresión rusa, respaldar la democracia en Ucrania y tranquilizar a nuestros aliados de la OTAN. El año pasado, mientras realizábamos el difícil trabajo de imponer sanciones junto con nuestros aliados, algunos sugirieron que la agresión del Sr. Putin era una exhibición magistral de estrategia y fuerza. Bueno, lo cierto es que quien se mantiene hoy fuerte y unida a nuestros aliados es Estados Unidos, mientras que Rusia está aislada y con una economía en ruinas. Es así como Estados Unidos lidera: no con fanfarronadas, sino con determinación persistente y constante.

 

En Cuba, estamos poniendo fin a una política que debería haber terminado hace tiempo. Cuando uno hace algo que no funciona durante cincuenta años, es hora de probar algo nuevo. Nuestro cambio de política en relación con Cuba tiene el potencial de poner punto final a un legado de falta de confianza en nuestro hemisferio; desmorona una excusa ficticia para imponer restricciones en Cuba; defiende los valores democráticos; y extiende una mano de amistad al pueblo cubano. Y este año, el Congreso debería iniciar el trabajo de poner fin al embargo. Como dijo Su Santidad, el Papa Francisco, la diplomacia es un trabajo de “pequeños pasos”. Y estos pequeños pasos han ido sumándose para dar una nueva esperanza al futuro de Cuba. Después de pasar años en prisión, el hecho de que Alan Gross esté de nuevo entre nosotros nos llena de dicha: bienvenido a casa, Alan. 

 

Nuestra diplomacia está funcionando en Irán, donde por primera vez en una década hemos detenido el progreso de su programa nuclear y reducido sus reservas de materiales nucleares. Entre ahora y esta primavera, tenemos la oportunidad de negociar un acuerdo exhaustivo que servirá para prevenir el surgimiento de un Irán con armas nucleares y garantizar la seguridad de Estados Unidos y sus aliados, entre los que se encuentra Israel, a la vez que evitará otro conflicto armado en Oriente Medio. No hay ninguna garantía de que las negociaciones tendrán éxito, y mantendré todas las opciones sobre la mesa para prevenir que Irán tenga armas nucleares. Sin embargo, si este Congreso aprueba nuevas sanciones en este preciso momento, se producirá ni más ni menos que el fracaso de los esfuerzos diplomáticos: estas medidas distanciarían a Estados Unidos de sus aliados y asegurarían que Irán volviese a iniciar su programa nuclear. No tiene sentido. Por esa razón, vetaré cualquier proyecto de ley que imponga nuevas sanciones y ponga en peligro nuestro progreso. Las personas que viven en Estados Unidos esperan que entremos en guerra solo como recurso de última instancia y tengo la intención de mantenerme fiel a esa sabiduría.

 

En tercer lugar, para dar forma al nuevo siglo estamos poniendo la mira más allá de los temas que nos han mantenido ocupados en el pasado.

 

Ningún país extranjero, ningún hacker, debería ser capaz de paralizar nuestras redes, robar nuestros secretos comerciales o invadir la privacidad de las familias estadounidenses, en especial la de nuestros niños. Nos vamos a asegurar de que nuestro gobierno integre los datos de inteligencia para combatir las ciberamenazas al igual que hemos hecho para combatir el terrorismo. Y esta noche exhorto al Congreso a que apruebe finalmente la legislación que necesitamos para hacer frente mejor a las cambiantes amenazas que presentan los ciberataques, combatir el robo de identidad y proteger la seguridad de la información de nuestros niños. Si no actuamos, dejaremos a nuestra nación y a nuestra economía en una situación vulnerable. Si lo hacemos, podremos seguir protegiendo los avances tecnológicos que han creado incontables oportunidades para personas de todo el mundo.

 

En África Occidental, nuestras tropas, nuestros científicos, nuestros médicos, nuestros enfermeros y profesionales médicos están revirtiendo el ébola, salvando innumerables vidas e impidiendo la propagación de la enfermedad. No podría sentirme más orgulloso de ellos, y le doy las gracias a este Congreso por el respaldo bipartidista otorgado a sus esfuerzos. Pero resta mucho por hacer y el mundo tiene que aprender de esta lección para crear una iniciativa global más eficaz a fin de prevenir la propagación de futuras pandemias, invertir en desarrollo inteligente y erradicar la pobreza extrema.

 

En la región Asia-Pacífico, estamos modernizando nuestras alianzas mientras nos aseguramos de que las demás naciones cumplan con las reglas al realizar operaciones de comercio internacional, resolver disputas marítimas y participar en desafíos internacionales comunes como la no proliferación y la prestación de ayuda ante desastres naturales. Y no hay ningún desafío, ningún desafío, que presente una amenaza mayor a las generaciones futuras que el cambio climático. 

 

El año 2014 fue el más caluroso que se ha registrado en la historia de nuestro planeta. Y sé que un año no sirve para indicar una tendencia, pero esto sí sirve: 14 de los 15 años más calurosos registrados en la historia se encuentran todos en los primeros 15 años de este siglo. 

 

He oído a gente que intenta evitar las pruebas al decir que no son científicos; que no tenemos suficiente información para actuar. Bueno, yo tampoco soy científico. ¿Pero saben qué? Conozco a muchos científicos fabulosos en la NASA, en la NOAA y en nuestras mejores universidades y todos los mejores científicos del mundo nos están diciendo que si nuestras acciones están cambiando el clima y si no actuamos contundentemente, seguiremos viendo subidas en el nivel de los océanos, olas de calor más largas y calurosas, sequías e inundaciones peligrosas y otras alteraciones masivas del clima que podrán generar más movimiento migratorio, enfrentamientos y hambre alrededor del mundo. 

 

El Pentágono dice que el cambio climático supone riesgos inmediatos a nuestra seguridad nacional. Deberíamos actuar como si así fuera.

 

Es por eso que en los últimos seis años hemos hecho más que nunca para combatir el cambio climático, desde la forma en la que producimos energía hasta la manera en la que la consumimos. Es por eso que hemos reservado más tierras y aguas de dominio público que en ninguna otra administración de la historia. Y es por eso que no dejaremos que este Congreso ponga en peligro la salud de nuestros niños y nos haga retroceder al revertir nuestros esfuerzos. Estoy decidido a garantizar que el liderazgo estadounidense impulse las acciones a nivel internacional. En Pekín, hicimos un anuncio histórico: Estados Unidos duplicará el ritmo de reducción de nuestra polución de carbono y China se comprometió por primera vez a limitar sus emisiones. Y porque las dos economías más grandes del mundo aunaron esfuerzos, otros países ahora están dando un paso al frente y dan esperanzas de que este año, por fin, las naciones del mundo lleguen a un acuerdo para proteger el único planeta que tenemos.

 

Hay un último pilar fundamental de nuestro liderazgo: el ejemplo de nuestros valores. 

 

Las personas que vivimos en Estados Unidos respetamos la dignidad humana, incluso cuando nos vemos amenazados; es por eso que he prohibido la tortura y trabajado para garantizar que el uso que hacemos de las nuevas tecnologías, como los drones, se limite debidamente. Es por eso que nos manifestamos en contra del deplorable antisemitismo que ha resurgido en ciertas partes del mundo. Es por eso que continuamos rechazando los estereotipos ofensivos sobre los musulmanes: la mayoría de quienes comparten nuestro compromiso con la paz. Es justamente por eso que defendemos la libertad de expresión y abogamos por la liberación de los presos políticos, condenamos la persecución de las mujeres o de las minorías religiosas, o de las personas que son lesbianas, homosexuales, bisexuales o transexuales. Hacemos todo esto no solamente porque es lo correcto, sino también porque acrecienta nuestra seguridad nacional. 

 

Todas las personas que vivimos en Estados Unidos tenemos un compromiso profundo con la justicia, por lo que no tiene ningún sentido gastar tres millones de dólares por prisionero para mantener abierta una prisión que el mundo condena y los terroristas usan para reclutar. Desde que asumí el cargo de Presidente, hemos trabajado de forma responsable para reducir la población de Guantánamo a la mitad. Y ha llegado la hora de finalizar el trabajo. Estoy determinado y no desistiré hasta que cerremos la prisión. Nosotros no somos así.

 

Las personas que vivimos en Estados Unidos apreciamos nuestras libertades civiles y debemos mantener ese compromiso si queremos la máxima cooperación de otros países y sectores en nuestra lucha contra las redes terroristas. Así que a pesar de que algunos ya se han distanciado de los debates sobre nuestros programas de vigilancia, yo no lo he hecho. De acuerdo con lo prometido, nuestras agencias de inteligencia han trabajado arduamente para incrementar la transparencia y crear más salvaguardas contra posibles abusos, todo ello teniendo en cuenta las recomendaciones de los defensores de la privacidad. Y el mes que viene publicaremos un informe sobre lo que estamos haciendo para cumplir nuestra promesa de mantener seguro a nuestro país mientras fortalecemos la privacidad.

 

Estamos mirando al futuro en vez de al pasado. Estamos asegurándonos de que nuestra fuerza tenga un peso equivalente al de nuestra diplomacia, y de que usamos la fuerza inteligentemente. Estamos formando coaliciones para enfrentarnos a nuevos desafíos y oportunidades. Y estamos liderando con el ejemplo de nuestros valores. Siempre. Eso es lo que hace que seamos excepcionales. Es lo que nos mantiene fuertes y esa es la razón por la que siempre tenemos que seguir esforzándonos en comportarnos de acuerdo con los principios más elevados: los nuestros. 

 

Saben, hace poco más de una década, pronuncié un discurso en Boston en el que dije que no éramos los estados liberales de América, ni los estados conservadores de América, ni los estados negros de América, ni los estados blancos de América, sino los Estados Unidos de América. Dije eso porque fue lo que experimenté en mi propia vida, en una nación que le dio a alguien como yo una oportunidad; porque crecí en Hawái, un crisol de razas y tradiciones; porque luego formé mi hogar en Illinois, un estado de pueblos pequeños, tierras ricas para la agricultura y con una de las mejores ciudades del mundo: un microcosmos del país, donde los demócratas, republicanos e independientes, personas decentes de todos los orígenes étnicos y de todas las religiones comparten ciertos valores fundamentales.

 

En los últimos seis años, los expertos han señalado en más de una ocasión que mi presidencia no ha dado resultados sobre la base de esta visión. Qué irónico, dicen, que nuestra política parezca estar más dividida que nunca. Esto se presenta como prueba no solo de mis propios fallos, de los cuales tengo muchos, sino también como prueba de que la propia visión es errónea e inocente y de que en esta ciudad hay demasiada gente que de hecho se beneficia del partidismo y de la paralización gubernamental para que hagamos nunca nada al respecto.

 

Sé que este tipo de cinismo es tentador. Pero sigo creyendo que los cínicos están equivocados.

 

Sigo creyendo que somos un pueblo unido. Sigo creyendo que, juntos, podemos hacer grandes cosas, incluso cuando las probabilidades no juegan a nuestro favor. Creo en ello porque he visto una y otra vez, en mis seis años ocupando mi cargo, la mejor versión de Estados Unidos. He visto las caras llenas de esperanza de jóvenes graduados de Nueva York a California, y nuestros oficiales más nuevos de West Point, Annapolis, Colorado Springs y New London. He estado de luto junto a las familias en duelo de Tucson y Newtown, y en Boston, Texas y West Virginia. He sido testigo de cómo las personas que viven en Estados Unidos se enfrentan a la adversidad, desde el Golfo de México a las Grandes Llanuras, desde las líneas de montaje del Medio Oeste a la costa del Atlántico Medio. He visto cómo el matrimonio entre homosexuales ha pasado de ser un tema polémico que solía usarse para separarnos a una historia de libertad en todo nuestro país, y ahora es un derecho civil en estados donde vive el setenta por ciento de la población estadounidense. Conozco la generosidad, el gran corazón, el optimismo y la bondad de las personas que viven en Estados Unidos que, día tras día, dan vida a la idea de que somos los guardianes de nuestros hermanos y nuestras hermanas. Y sé que esperan que aquellos de nosotros que trabajamos como funcionarios públicos aquí demos un mejor ejemplo. 

 

Así que la pregunta que los aquí presentes esta noche debemos hacernos es qué podemos hacer, todos nosotros, para reflejar mejor las esperanzas de Estados Unidos. He servido en el Congreso con muchos de ustedes. Conozco bien a muchos de los aquí presentes. Hay mucha gente buena aquí, a ambos lados del pasillo. Y muchos de ustedes me han dicho que no vinieron aquí para esto: no vinieron para participar en una procesión de discusiones en programas de televisión por cable, para estar recaudando fondos constantemente, siempre alerta para ver cómo reacciona el Congreso ante cada decisión.

 

¿Se imaginan si rompiéramos con esos patrones viejos y anticuados? ¿Se imaginan si hiciéramos algo diferente?

 

Que quede claro: una política mejor no requiere los demócratas abandonen su programa político ni en el que los republicanos simplemente tengan que aceptar mi programa con los brazos abiertos. Una política mejor requiere que apelemos a la decencia básica el uno del otro en vez de apelar a nuestros temores más elementales. Una política mejor requiere que debatamos sin demonizar el uno al otro, que hablemos de temas importantes, de valores y de principios y de hechos, en vez de las metidas de pata insustanciales, errores triviales o falsas controversias que no tienen nada que ver con la vida diaria de las personas. Una política mejor requiere que pasemos menos tiempo sumergidos en dinero turbio para anuncios de campañas sucias y que dediquemos más tiempo a inspirar a los jóvenes, motivándolos, mostrándoles las posibilidades y pidiéndoles que se unan a nosotros en la gran misión de construir Estados Unidos.

 

Si vamos a tener discusiones, discutamos. Pero hagamos que sean debates que estén a la altura de esta cámara y de este país. 

 

Es posible que todavía no estemos de acuerdo en cuanto al derecho de las mujeres a decidir sobre su maternidad, pero seguramente podemos coincidir en que es bueno que los embarazos de adolescentes y los abortos estén cerca de los niveles históricos más bajos y que cada mujer debería poder tener acceso al tipo de atención médica que necesita.

 

Sí, el tema de la inmigración todavía levanta pasiones, pero seguramente todos podemos reconocer algo de nosotros mismos en un perseverante estudiante joven y estar de acuerdo en que nadie se beneficia cuando se separa a una madre trabajadora de su hijo, y que es posible mejorar una ley que confirme nuestra tradición como una nación de leyes y una nación de inmigrantes.

 

Podemos pelear por los votos durante las campañas electorales, pero seguramente podemos ponernos de acuerdo en que el derecho al voto es sagrado y que se le está negando a demasiadas personas; y, además, en el 50. º Aniversario de la gran manifestación desde Selma hasta Montgomery y la aprobación de la Ley de Derecho al Voto, demócratas y republicanos debemos unirnos para hacer que votar sea más fácil para todos los estadounidenses.

 

Es posible que veamos con ojos distintos los eventos de Ferguson y Nueva York. Pero seguramente podemos entender a un padre que tiene miedo de que su hijo no pueda caminar hasta su propia casa sin ser acosado. Seguramente podemos entender a la mujer que no puede descansar tranquila hasta que el oficial de policía con el que se casó no cruza la puerta de su hogar al final de su turno. Seguramente podemos ponernos de acuerdo en que es bueno que, por primera vez en 40 años, el índice de criminalidad y la tasa de encarcelamiento hayan disminuido a la vez, y podemos usar esto como un punto de partida para que demócratas y republicanos, junto con los líderes comunitarios y los cuerpos de seguridad, reformemos el sistema de justicia penal de Estados Unidos para que nos proteja y nos sirva a todos.

 

Eso es una política mejor. Así es como comenzamos a recobrar la confianza. Así es como trabajamos para que nuestro país avance. Esto es lo que quieren las personas que viven en Estados Unidos. Esto es lo que merecen.

 

Ya no tengo que realizar ninguna campaña política. Mi único programa para los próximos dos años es el mismo que he tenido desde el día en que presté juramento en los escalones de este Capitolio: hacer lo que creo que es mejor para Estados Unidos. Si comparten la visión que les he planteado esta noche, únanse a mí para realizar el trabajo necesario. Si están en desacuerdo con parte de lo que he dicho, espero que por lo menos estén dispuestos a trabajar conmigo en los temas en los que concordamos. Y me comprometo con todos los republicanos presentes esta noche a que no solo pediré sus ideas, sino que procuraré trabajar con ustedes para hacer este país más fuerte.

 

Porque quiero que esta cámara, esta ciudad, reflejen algo que es verdad: que, a pesar de todos nuestros desaciertos y limitaciones, somos personas con la fuerza y la generosidad de espíritu suficiente para tender un puente, unirnos para realizar un esfuerzo colectivo y ayudar a nuestros vecinos, tanto en nuestra misma calle como al otro lado del mundo.

 

Quiero que nuestras acciones le digan lo siguiente a cada niño en cada vecindario: tu vida es importante, y estamos comprometidos a mejorar tus oportunidades en la vida como lo estamos con nuestros propios hijos.

 

Quiero que las generaciones futuras sepan que somos personas que ven nuestras diferencias como un gran don, que somos un pueblo que valora la dignidad y la importancia de cada ciudadano: hombres y mujeres, jóvenes y mayores, negros y blancos, latinos y asiáticos, inmigrantes e indios americanos, homosexuales y heterosexuales, personas con enfermedades mentales o discapacidades físicas. Quiero que crezcan en un país que le demuestre al mundo lo que aún sabemos que es verdad: que seguimos siendo más que un conjunto de estados rojos y estados azules; que somos Estados Unidos de América.

 

Quiero que crezcan en un país donde una joven madre como Rebekah se pueda sentar a escribirle una carta a su Presidente contándole sus vivencias de los últimos seis años: 

 

“Es increíble cómo somos capaces de recuperarnos cuando lo necesitamos... somos una familia fuerte y muy unida que ha superado momentos extremadamente difíciles”.

 

Conciudadanos, nosotros también somos una familia fuerte y muy unida. También nosotros hemos superado momentos difíciles. Tras quince años del inicio de este nuevo siglo, nos hemos levantado, nos hemos sacudido el polvo de las solapas y hemos comenzado a trabajar otra vez para reconstruir Estados Unidos. Hemos sentado las bases de una nueva era. Crear un futuro más brillante depende de nosotros. Iniciemos este nuevo capítulo juntos, y comencemos a trabajar ahora mismo.

 

Gracias, que Dios los bendiga y que Dios bendiga a este país que tanto amamos.

 

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THE WHITE HOUSE

Office of the Press Secretary

FOR IMMEDIATE RELEASE

January 20, 2015

 

Remarks of President Barack Obama – As Prepared for Delivery

State of the Union Address

 

The White House is making the full text of the State of the Union widely available on its Medium page. The text, as prepared for delivery, is now online HERE, along with tools that allow people to follow along with the speech as they watch in real time, to view charts and infographics on key areas, to tweet their favorite lines, and to leave notes to provide feedback.

 

The full text of the State of the Union Address, as prepared for delivery, is posted now on Medium and can be viewed here:

>http://go.wh.gov/SOTUMedium<         

 

There is a ritual on State of the Union night in Washington. A little before the address, the White House sends out an embargoed copy of the President’s speech to the press (embargoed means that the press can see the speech, but they can’t report on it until a designated time). The reporters then start sending it around town to folks on Capitol Hill to get their reaction, then those people send it to all their friends, and eventually everyone in Washington can read along, but the public remains in the dark.

 

This year we change that.

 

For the first time, the White House is making the full text of the speech available to citizens around the country online. On Medium, you can follow along with the speech as you watch in real time, view charts and infographics on key areas, tweet favorite lines, and leave notes. By making the text available to the public in advance, the White House is continuing efforts to reach a wide online audience and give people a range of ways to consume the speech.

 

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Mr. Speaker, Mr. Vice President, Members of Congress, my fellow Americans: 

 

We are fifteen years into this new century.  Fifteen years that dawned with terror touching our shores; that unfolded with a new generation fighting two long and costly wars; that saw a vicious recession spread across our nation and the world.  It has been, and still is, a hard time for many.  

 

But tonight, we turn the page.

 

Tonight, after a breakthrough year for America, our economy is growing and creating jobs at the fastest pace since 1999.  Our unemployment rate is now lower than it was before the financial crisis.  More of our kids are graduating than ever before; more of our people are insured than ever before; we are as free from the grip of foreign oil as we’ve been in almost 30 years.

 

Tonight, for the first time since 9/11, our combat mission in Afghanistan is over.  Six years ago, nearly 180,000 American troops served in Iraq and Afghanistan.  Today, fewer than 15,000 remain.  And we salute the courage and sacrifice of every man and woman in this 9/11 Generation who has served to keep us safe.  We are humbled and grateful for your service.

 

America, for all that we’ve endured; for all the grit and hard work required to come back; for all the tasks that lie ahead, know this:  

 

The shadow of crisis has passed, and the State of the Union is strong.

 

At this moment – with a growing economy, shrinking deficits, bustling industry, and booming energy production – we have risen from recession freer to write our own future than any other nation on Earth.  It’s now up to us to choose who we want to be over the next fifteen years, and for decades to come.

 

Will we accept an economy where only a few of us do spectacularly well?  Or will we commit ourselves to an economy that generates rising incomes and chances for everyone who makes the effort?

 

Will we approach the world fearful and reactive, dragged into costly conflicts that strain our military and set back our standing?  Or will we lead wisely, using all elements of our power to defeat new threats and protect our planet?

 

Will we allow ourselves to be sorted into factions and turned against one another – or will we recapture the sense of common purpose that has always propelled America forward?

 

In two weeks, I will send this Congress a budget filled with ideas that are practical, not partisan.  And in the months ahead, I’ll crisscross the country making a case for those ideas.

 

So tonight, I want to focus less on a checklist of proposals, and focus more on the values at stake in the choices before us.

 

It begins with our economy.

 

Seven years ago, Rebekah and Ben Erler of Minneapolis were newlyweds.  She waited tables.  He worked construction.  Their first child, Jack, was on the way.  

 

They were young and in love in America, and it doesn’t get much better than that.

 

“If only we had known,” Rebekah wrote to me last spring, “what was about to happen to the housing and construction market.”  

 

As the crisis worsened, Ben’s business dried up, so he took what jobs he could find, even if they kept him on the road for long stretches of time.  Rebekah took out student loans, enrolled in community college, and retrained for a new career.  They sacrificed for each other.  And slowly, it paid off.  They bought their first home.  They had a second son, Henry.  Rebekah got a better job, and then a raise.  Ben is back in construction – and home for dinner every night.

 

“It is amazing,” Rebekah wrote, “what you can bounce back from when you have to…we are a strong, tight-knit family who has made it through some very, very hard times.”

 

We are a strong, tight-knit family who has made it through some very, very hard times.

 

America, Rebekah and Ben’s story is our story.  They represent the millions who have worked hard, and scrimped, and sacrificed, and retooled.  You are the reason I ran for this office.  You’re the people I was thinking of six years ago today, in the darkest months of the crisis, when I stood on the steps of this Capitol and promised we would rebuild our economy on a new foundation.  And it’s been your effort and resilience that has made it possible for our country to emerge stronger.

 

We believed we could reverse the tide of outsourcing, and draw new jobs to our shores.  And over the past five years, our businesses have created more than 11 million new jobs.

 

We believed we could reduce our dependence on foreign oil and protect our planet.  And today, America is number one in oil and gas.  America is number one in wind power.  Every three weeks, we bring online as much solar power as we did in all of 2008.  And thanks to lower gas prices and higher fuel standards, the typical family this year should save $750 at the pump.

 

We believed we could prepare our kids for a more competitive world.  And today, our younger students have earned the highest math and reading scores on record.  Our high school graduation rate has hit an all-time high.  And more Americans finish college than ever before.

 

We believed that sensible regulations could prevent another crisis, shield families from ruin, and encourage fair competition.  Today, we have new tools to stop taxpayer-funded bailouts, and a new consumer watchdog to protect us from predatory lending and abusive credit card practices.  And in the past year alone, about ten million uninsured Americans finally gained the security of health coverage.

At every step, we were told our goals were misguided or too ambitious; that we would crush jobs and explode deficits.  Instead, we’ve seen the fastest economic growth in over a decade, our deficits cut by two-thirds, a stock market that has doubled, and health care inflation at its lowest rate in fifty years.  

 

So the verdict is clear.  Middle-class economics works.  Expanding opportunity works.  And these policies will continue to work, as long as politics don’t get in the way.  We can’t slow down businesses or put our economy at risk with government shutdowns or fiscal showdowns.  We can’t put the security of families at risk by taking away their health insurance, or unraveling the new rules on Wall Street, or refighting past battles on immigration when we’ve got a system to fix.  And if a bill comes to my desk that tries to do any of these things, it will earn my veto.

 

Today, thanks to a growing economy, the recovery is touching more and more lives.  Wages are finally starting to rise again.  We know that more small business owners plan to raise their employees’ pay than at any time since 2007.  But here’s the thing – those of us here tonight, we need to set our sights higher than just making sure government doesn’t halt the progress we’re making.  We need to do more than just do no harm.  Tonight, together, let’s do more to restore the link between hard work and growing opportunity for every American.

 

Because families like Rebekah’s still need our help.  She and Ben are working as hard as ever, but have to forego vacations and a new car so they can pay off student loans and save for retirement.  Basic childcare for Jack and Henry costs more than their mortgage, and almost as much as a year at the University of Minnesota.  Like millions of hardworking Americans, Rebekah isn’t asking for a handout, but she is asking that we look for more ways to help families get ahead.

 

In fact, at every moment of economic change throughout our history, this country has taken bold action to adapt to new circumstances, and to make sure everyone gets a fair shot.  We set up worker protections, Social Security, Medicare, and Medicaid to protect ourselves from the harshest adversity.  We gave our citizens schools and colleges, infrastructure and the internet – tools they needed to go as far as their effort will take them.

 

That’s what middle-class economics is – the idea that this country does best when everyone gets their fair shot, everyone does their fair share, and everyone plays by the same set of rules.  We don’t just want everyone to share in America’s success – we want everyone to contribute to our success.

 

So what does middle-class economics require in our time?  

 

First – middle-class economics means helping working families feel more secure in a world of constant change.  That means helping folks afford childcare, college, health care, a home, retirement – and my budget will address each of these issues, lowering the taxes of working families and putting thousands of dollars back into their pockets each year.

 

Here’s one example.  During World War II, when men like my grandfather went off to war, having women like my grandmother in the workforce was a national security priority – so this country provided universal childcare.  In today’s economy, when having both parents in the workforce is an economic necessity for many families, we need affordable, high-quality childcare more than ever.  It’s not a nice-to-have – it’s a must-have.  It’s time we stop treating childcare as a side issue, or a women’s issue, and treat it like the national economic priority that it is for all of us.  And that’s why my plan will make quality childcare more available, and more affordable, for every middle-class and low-income family with young children in America – by creating more slots and a new tax cut of up to $3,000 per child, per year.

 

Here’s another example.  Today, we’re the only advanced country on Earth that doesn’t guarantee paid sick leave or paid maternity leave to our workers.  Forty-three million workers have no paid sick leave.  Forty-three million.  Think about that.  And that forces too many parents to make the gut-wrenching choice between a paycheck and a sick kid at home.  So I’ll be taking new action to help states adopt paid leave laws of their own.  And since paid sick leave won where it was on the ballot last November, let’s put it to a vote right here in Washington.  Send me a bill that gives every worker in America the opportunity to earn seven days of paid sick leave.  It’s the right thing to do.

 

Of course, nothing helps families make ends meet like higher wages.  That’s why this Congress still needs to pass a law that makes sure a woman is paid the same as a man for doing the same work.  Really.  It’s 2015.  It’s time.  We still need to make sure employees get the overtime they’ve earned.  And to everyone in this Congress who still refuses to raise the minimum wage, I say this:  If you truly believe you could work full-time and support a family on less than $15,000 a year, go try it.  If not, vote to give millions of the hardest-working people in America a raise.

 

These ideas won’t make everybody rich, or relieve every hardship.  That’s not the job of government.  To give working families a fair shot, we’ll still need more employers to see beyond next quarter’s earnings and recognize that investing in their workforce is in their company’s long-term interest.  We still need laws that strengthen rather than weaken unions, and give American workers a voice.  But things like child care and sick leave and equal pay; things like lower mortgage premiums and a higher minimum wage – these ideas will make a meaningful difference in the lives of millions of families.  That is a fact.  And that’s what all of us – Republicans and Democrats alike – were sent here to do.

 

Second, to make sure folks keep earning higher wages down the road, we have to do more to help Americans upgrade their skills.

 

America thrived in the 20th century because we made high school free, sent a generation of GIs to college, and trained the best workforce in the world.  But in a 21st century economy that rewards knowledge like never before, we need to do more.

 

By the end of this decade, two in three job openings will require some higher education.  Two in three.  And yet, we still live in a country where too many bright, striving Americans are priced out of the education they need.  It’s not fair to them, and it’s not smart for our future.

 

That’s why I am sending this Congress a bold new plan to lower the cost of community college – to zero.  

 

Forty percent of our college students choose community college.  Some are young and starting out.  Some are older and looking for a better job.  Some are veterans and single parents trying to transition back into the job market.  Whoever you are, this plan is your chance to graduate ready for the new economy, without a load of debt.  Understand, you’ve got to earn it – you’ve got to keep your grades up and graduate on time.  Tennessee, a state with Republican leadership, and Chicago, a city with Democratic leadership, are showing that free community college is possible.  I want to spread that idea all across America, so that two years of college becomes as free and universal in America as high school is today.  And I want to work with this Congress, to make sure Americans already burdened with student loans can reduce their monthly payments, so that student debt doesn’t derail anyone’s dreams.

 

Thanks to Vice President Biden’s great work to update our job training system, we’re connecting community colleges with local employers to train workers to fill high-paying jobs like coding, and nursing, and robotics.  Tonight, I’m also asking more businesses to follow the lead of companies like CVS and UPS, and offer more educational benefits and paid apprenticeships – opportunities that give workers the chance to earn higher-paying jobs even if they don’t have a higher education.

 

And as a new generation of veterans comes home, we owe them every opportunity to live the American Dream they helped defend.  Already, we’ve made strides towards ensuring that every veteran has access to the highest quality care.  We’re slashing the backlog that had too many veterans waiting years to get the benefits they need, and we’re making it easier for vets to translate their training and experience into civilian jobs.  Joining Forces, the national campaign launched by Michelle and Jill Biden, has helped nearly 700,000 veterans and military spouses get new jobs.  So to every CEO in America, let me repeat:  If you want somebody who’s going to get the job done, hire a veteran.

 

Finally, as we better train our workers, we need the new economy to keep churning out high-wage jobs for our workers to fill.  

 

Since 2010, America has put more people back to work than Europe, Japan, and all advanced economies combined.  Our manufacturers have added almost 800,000 new jobs.  Some of our bedrock sectors, like our auto industry, are booming.  But there are also millions of Americans who work in jobs that didn’t even exist ten or twenty years ago – jobs at companies like Google, and eBay, and Tesla.  

 

So no one knows for certain which industries will generate the jobs of the future.  But we do know we want them here in America.  That’s why the third part of middle-class economics is about building the most competitive economy anywhere, the place where businesses want to locate and hire.

 

21st century businesses need 21st century infrastructure – modern ports, stronger bridges, faster trains and the fastest internet.  Democrats and Republicans used to agree on this.  So let’s set our sights higher than a single oil pipeline.  Let’s pass a bipartisan infrastructure plan that could create more than thirty times as many jobs per year, and make this country stronger for decades to come.

 

21st century businesses, including small businesses, need to sell more American products overseas.  Today, our businesses export more than ever, and exporters tend to pay their workers higher wages.  But as we speak, China wants to write the rules for the world’s fastest-growing region.  That would put our workers and businesses at a disadvantage.  Why would we let that happen?  We should write those rules.  We should level the playing field.  That’s why I’m asking both parties to give me trade promotion authority to protect American workers, with strong new trade deals from Asia to Europe that aren’t just free, but fair.  

 

Look, I’m the first one to admit that past trade deals haven’t always lived up to the hype, and that’s why we’ve gone after countries that break the rules at our expense.  But ninety-five percent of the world’s customers live outside our borders, and we can’t close ourselves off from those opportunities.  More than half of manufacturing executives have said they’re actively looking at bringing jobs back from China.  Let’s give them one more reason to get it done.

 

21st century businesses will rely on American science, technology, research and development.  I want the country that eliminated polio and mapped the human genome to lead a new era of medicine – one that delivers the right treatment at the right time.  In some patients with cystic fibrosis, this approach has reversed a disease once thought unstoppable.  Tonight, I’m launching a new Precision Medicine Initiative to bring us closer to curing diseases like cancer and diabetes – and to give all of us access to the personalized information we need to keep ourselves and our families healthier.

 

I intend to protect a free and open internet, extend its reach to every classroom, and every community, and help folks build the fastest networks, so that the next generation of digital innovators and entrepreneurs have the platform to keep reshaping our world.

 

I want Americans to win the race for the kinds of discoveries that unleash new jobs – converting sunlight into liquid fuel; creating revolutionary prosthetics, so that a veteran who gave his arms for his country can play catch with his kid; pushing out into the Solar System not just to visit, but to stay.  Last month, we launched a new spacecraft as part of a re-energized space program that will send American astronauts to Mars.  In two months, to prepare us for those missions, Scott Kelly will begin a year-long stay in space.  Good luck, Captain – and make sure to Instagram it.

 

Now, the truth is, when it comes to issues like infrastructure and basic research, I know there’s bipartisan support in this chamber.  Members of both parties have told me so.  Where we too often run onto the rocks is how to pay for these investments.  As Americans, we don’t mind paying our fair share of taxes, as long as everybody else does, too.  But for far too long, lobbyists have rigged the tax code with loopholes that let some corporations pay nothing while others pay full freight.  They’ve riddled it with giveaways the superrich don’t need, denying a break to middle class families who do.   

 

This year, we have an opportunity to change that.  Let’s close loopholes so we stop rewarding companies that keep profits abroad, and reward those that invest in America.  Let’s use those savings to rebuild our infrastructure and make it more attractive for companies to bring jobs home.  Let’s simplify the system and let a small business owner file based on her actual bank statement, instead of the number of accountants she can afford.  And let’s close the loopholes that lead to inequality by allowing the top one percent to avoid paying taxes on their accumulated wealth.  We can use that money to help more families pay for childcare and send their kids to college.  We need a tax code that truly helps working Americans trying to get a leg up in the new economy, and we can achieve that together.

 

Helping hardworking families make ends meet. Giving them the tools they need for good-paying jobs in this new economy.  Maintaining the conditions for growth and competitiveness.  This is where America needs to go.  I believe it’s where the American people want to go.  It will make our economy stronger a year from now, fifteen years from now, and deep into the century ahead.  

 

Of course, if there’s one thing this new century has taught us, it’s that we cannot separate our work at home from challenges beyond our shores.  

 

My first duty as Commander-in-Chief is to defend the United States of America.  In doing so, the question is not whether America leads in the world, but how.  When we make rash decisions, reacting to the headlines instead of using our heads; when the first response to a challenge is to send in our military – then we risk getting drawn into unnecessary conflicts, and neglect the broader strategy we need for a safer, more prosperous world.  That’s what our enemies want us to do.

 

I believe in a smarter kind of American leadership.  We lead best when we combine military power with strong diplomacy; when we leverage our power with coalition building; when we don’t let our fears blind us to the opportunities that this new century presents.  That’s exactly what we’re doing right now – and around the globe, it is making a difference.

 

First, we stand united with people around the world who’ve been targeted by terrorists – from a school in Pakistan to the streets of Paris.  We will continue to hunt down terrorists and dismantle their networks, and we reserve the right to act unilaterally, as we’ve done relentlessly since I took office to take out terrorists who pose a direct threat to us and our allies.  

 

At the same time, we’ve learned some costly lessons over the last thirteen years.  

 

Instead of Americans patrolling the valleys of Afghanistan, we’ve trained their security forces, who’ve now taken the lead, and we’ve honored our troops’ sacrifice by supporting that country’s first democratic transition.  Instead of sending large ground forces overseas, we’re partnering with nations from South Asia to North Africa to deny safe haven to terrorists who threaten America.  In Iraq and Syria, American leadership – including our military power – is stopping ISIL’s advance.  Instead of getting dragged into another ground war in the Middle East, we are leading a broad coalition, including Arab nations, to degrade and ultimately destroy this terrorist group.  We’re also supporting a moderate opposition in Syria that can help us in this effort, and assisting people everywhere who stand up to the bankrupt ideology of violent extremism.  This effort will take time.  It will require focus.  But we will succeed.  And tonight, I call on this Congress to show the world that we are united in this mission by passing a resolution to authorize the use of force against ISIL. 

 

Second, we are demonstrating the power of American strength and diplomacy.  We’re upholding the principle that bigger nations can’t bully the small – by opposing Russian aggression, supporting Ukraine’s democracy, and reassuring our NATO allies.  Last year, as we were doing the hard work of imposing sanctions along with our allies, some suggested that Mr. Putin’s aggression was a masterful display of strategy and strength.  Well, today, it is America that stands strong and united with our allies, while Russia is isolated, with its economy in tatters.  

 

That’s how America leads – not with bluster, but with persistent, steady resolve.

 

In Cuba, we are ending a policy that was long past its expiration date.  When what you’re doing doesn’t work for fifty years, it’s time to try something new.  Our shift in Cuba policy has the potential to end a legacy of mistrust in our hemisphere; removes a phony excuse for restrictions in Cuba; stands up for democratic values; and extends the hand of friendship to the Cuban people.  And this year, Congress should begin the work of ending the embargo.  As His Holiness, Pope Francis, has said, diplomacy is the work of “small steps.”  These small steps have added up to new hope for the future in Cuba.  And after years in prison, we’re overjoyed that Alan Gross is back where he belongs.  Welcome home, Alan. 

 

Our diplomacy is at work with respect to Iran, where, for the first time in a decade, we’ve halted the progress of its nuclear program and reduced its stockpile of nuclear material.  Between now and this spring, we have a chance to negotiate a comprehensive agreement that prevents a nuclear-armed Iran; secures America and our allies – including Israel; while avoiding yet another Middle East conflict.  There are no guarantees that negotiations will succeed, and I keep all options on the table to prevent a nuclear Iran.  But new sanctions passed by this Congress, at this moment in time, will all but guarantee that diplomacy fails – alienating America from its allies; and ensuring that Iran starts up its nuclear program again.  It doesn’t make sense.  That is why I will veto any new sanctions bill that threatens to undo this progress.  The American people expect us to only go to war as a last resort, and I intend to stay true to that wisdom.

 

Third, we’re looking beyond the issues that have consumed us in the past to shape the coming century.

 

No foreign nation, no hacker, should be able to shut down our networks, steal our trade secrets, or invade the privacy of American families, especially our kids.  We are making sure our government integrates intelligence to combat cyber threats, just as we have done to combat terrorism.  And tonight, I urge this Congress to finally pass the legislation we need to better meet the evolving threat of cyber-attacks, combat identity theft, and protect our children’s information.  If we don’t act, we’ll leave our nation and our economy vulnerable.  If we do, we can continue to protect the technologies that have unleashed untold opportunities for people around the globe.

 

In West Africa, our troops, our scientists, our doctors, our nurses and healthcare workers are rolling back Ebola – saving countless lives and stopping the spread of disease.  I couldn’t be prouder of them, and I thank this Congress for your bipartisan support of their efforts.  But the job is not yet done – and the world needs to use this lesson to build a more effective global effort to prevent the spread of future pandemics, invest in smart development, and eradicate extreme poverty.

 

In the Asia Pacific, we are modernizing alliances while making sure that other nations play by the rules – in how they trade, how they resolve maritime disputes, and how they participate in meeting common international challenges like nonproliferation and disaster relief.  And no challenge – no challenge – poses a greater threat to future generations than climate change.  

 

2014 was the planet’s warmest year on record.  Now, one year doesn’t make a trend, but this does – 14 of the 15 warmest years on record have all fallen in the first 15 years of this century.  

 

I’ve heard some folks try to dodge the evidence by saying they’re not scientists; that we don’t have enough information to act.  Well, I’m not a scientist, either.  But you know what – I know a lot of really good scientists at NASA, and NOAA, and at our major universities.  The best scientists in the world are all telling us that our activities are changing the climate, and if we do not act forcefully, we’ll continue to see rising oceans, longer, hotter heat waves, dangerous droughts and floods, and massive disruptions that can trigger greater migration, conflict, and hunger around the globe.  The Pentagon says that climate change poses immediate risks to our national security.  We should act like it.

 

That’s why, over the past six years, we’ve done more than ever before to combat climate change, from the way we produce energy, to the way we use it.  That’s why we’ve set aside more public lands and waters than any administration in history.  And that’s why I will not let this Congress endanger the health of our children by turning back the clock on our efforts.  I am determined to make sure American leadership drives international action.  In Beijing, we made an historic announcement – the United States will double the pace at which we cut carbon pollution, and China committed, for the first time, to limiting their emissions.  And because the world’s two largest economies came together, other nations are now stepping up, and offering hope that, this year, the world will finally reach an agreement to protect the one planet we’ve got.

 

There’s one last pillar to our leadership – and that’s the example of our values.  

 

As Americans, we respect human dignity, even when we’re threatened, which is why I’ve prohibited torture, and worked to make sure our use of new technology like drones is properly constrained.  It’s why we speak out against the deplorable anti-Semitism that has resurfaced in certain parts of the world.  It’s why we continue to reject offensive stereotypes of Muslims – the vast majority of whom share our commitment to peace.  That’s why we defend free speech, and advocate for political prisoners, and condemn the persecution of women, or religious minorities, or people who are lesbian, gay, bisexual, or transgender.  We do these things not only because they’re right, but because they make us safer.  

 

As Americans, we have a profound commitment to justice – so it makes no sense to spend three million dollars per prisoner to keep open a prison that the world condemns and terrorists use to recruit.  Since I’ve been President, we’ve worked responsibly to cut the population of GTMO in half.  Now it’s time to finish the job.  And I will not relent in my determination to shut it down.  It’s not who we are.

 

As Americans, we cherish our civil liberties – and we need to uphold that commitment if we want maximum cooperation from other countries and industry in our fight against terrorist networks.  So while some have moved on from the debates over our surveillance programs, I haven’t.  As promised, our intelligence agencies have worked hard, with the recommendations of privacy advocates, to increase transparency and build more safeguards against potential abuse.  And next month, we’ll issue a report on how we’re keeping our promise to keep our country safe while strengthening privacy.

 

Looking to the future instead of the past.  Making sure we match our power with diplomacy, and use force wisely.  Building coalitions to meet new challenges and opportunities.  Leading – always – with the example of our values.  That’s what makes us exceptional.  That’s what keeps us strong.  And that’s why we must keep striving to hold ourselves to the highest of standards – our own. 

 

You know, just over a decade ago, I gave a speech in Boston where I said there wasn’t a liberal America, or a conservative America; a black America or a white America – but a United States of America.  I said this because I had seen it in my own life, in a nation that gave someone like me a chance; because I grew up in Hawaii, a melting pot of races and customs; because I made Illinois my home – a state of small towns, rich farmland, and one of the world’s great cities; a microcosm of the country where Democrats and Republicans and Independents, good people of every ethnicity and every faith, share certain bedrock values.

 

Over the past six years, the pundits have pointed out more than once that my presidency hasn’t delivered on this vision.  How ironic, they say, that our politics seems more divided than ever.  It’s held up as proof not just of my own flaws – of which there are many – but also as proof that the vision itself is misguided, and naïve, and that there are too many people in this town who actually benefit from partisanship and gridlock for us to ever do anything about it.

 

I know how tempting such cynicism may be.  But I still think the cynics are wrong.

 

I still believe that we are one people.  I still believe that together, we can do great things, even when the odds are long.  I believe this because over and over in my six years in office, I have seen America at its best.  I’ve seen the hopeful faces of young graduates from New York to California; and our newest officers at West Point, Annapolis, Colorado Springs, and New London.  I’ve mourned with grieving families in Tucson and Newtown; in Boston, West, Texas, and West Virginia.  I’ve watched Americans beat back adversity from the Gulf Coast to the Great Plains; from Midwest assembly lines to the Mid-Atlantic seaboard.  I’ve seen something like gay marriage go from a wedge issue used to drive us apart to a story of freedom across our country, a civil right now legal in states that seven in ten Americans call home.  

 

So I know the good, and optimistic, and big-hearted generosity of the American people who, every day, live the idea that we are our brother’s keeper, and our sister’s keeper.  And I know they expect those of us who serve here to set a better example.  

 

So the question for those of us here tonight is how we, all of us, can better reflect America’s hopes.  I’ve served in Congress with many of you.  I know many of you well.  There are a lot of good people here, on both sides of the aisle.  And many of you have told me that this isn’t what you signed up for – arguing past each other on cable shows, the constant fundraising, always looking over your shoulder at how the base will react to every decision.

 

Imagine if we broke out of these tired old patterns.  Imagine if we did something different.

 

Understand – a better politics isn’t one where Democrats abandon their agenda or Republicans simply embrace mine.  

 

A better politics is one where we appeal to each other’s basic decency instead of our basest fears.  

 

A better politics is one where we debate without demonizing each other; where we talk issues, and values, and principles, and facts, rather than “gotcha” moments, or trivial gaffes, or fake controversies that have nothing to do with people’s daily lives.  

 

A better politics is one where we spend less time drowning in dark money for ads that pull us into the gutter, and spend more time lifting young people up, with a sense of purpose and possibility, and asking them to join in the great mission of building America.

 

If we’re going to have arguments, let’s have arguments – but let’s make them debates worthy of this body and worthy of this country.  

 

We still may not agree on a woman’s right to choose, but surely we can agree it’s a good thing that teen pregnancies and abortions are nearing all-time lows, and that every woman should have access to the health care she needs.

 

Yes, passions still fly on immigration, but surely we can all see something of ourselves in the striving young student, and agree that no one benefits when a hardworking mom is taken from her child, and that it’s possible to shape a law that upholds our tradition as a nation of laws and a nation of immigrants.

 

We may go at it in campaign season, but surely we can agree that the right to vote is sacred; that it’s being denied to too many; and that, on this 50th anniversary of the great march from Selma to Montgomery and the passage of the Voting Rights Act, we can come together, Democrats and Republicans, to make voting easier for every single American.

 

We may have different takes on the events of Ferguson and New York.  But surely we can understand a father who fears his son can’t walk home without being harassed.  Surely we can understand the wife who won’t rest until the police officer she married walks through the front door at the end of his shift.  Surely we can agree it’s a good thing that for the first time in 40 years, the crime rate and the incarceration rate have come down together, and use that as a starting point for Democrats and Republicans, community leaders and law enforcement, to reform America’s criminal justice system so that it protects and serves us all.

 

That’s a better politics.  That’s how we start rebuilding trust.  That’s how we move this country forward.  That’s what the American people want.  That’s what they deserve.

 

I have no more campaigns to run.  My only agenda for the next two years is the same as the one I’ve had since the day I swore an oath on the steps of this Capitol – to do what I believe is best for America.  If you share the broad vision I outlined tonight, join me in the work at hand.  If you disagree with parts of it, I hope you’ll at least work with me where you do agree.  And I commit to every Republican here tonight that I will not only seek out your ideas, I will seek to work with you to make this country stronger.

 

Because I want this chamber, this city, to reflect the truth – that for all our blind spots and shortcomings, we are a people with the strength and generosity of spirit to bridge divides, to unite in common effort, and help our neighbors, whether down the street or on the other side of the world.

 

I want our actions to tell every child, in every neighborhood:  your life matters, and we are as committed to improving your life chances as we are for our own kids.

 

I want future generations to know that we are a people who see our differences as a great gift, that we are a people who value the dignity and worth of every citizen – man and woman, young and old, black and white, Latino and Asian, immigrant and Native American, gay and straight, Americans with mental illness or physical disability.  

 

I want them to grow up in a country that shows the world what we still know to be true:  that we are still more than a collection of red states and blue states; that we are the United States of America.

 

I want them to grow up in a country where a young mom like Rebekah can sit down and write a letter to her President with a story to sum up these past six years:  

 

“It is amazing what you can bounce back from when you have to…we are a strong, tight-knit family who has made it through some very, very hard times.”

 

My fellow Americans, we too are a strong, tight-knit family.  We, too, have made it through some hard times.  Fifteen years into this new century, we have picked ourselves up, dusted ourselves off, and begun again the work of remaking America.  We’ve laid a new foundation.  A brighter future is ours to write.  Let’s begin this new chapter – together – and let’s start the work right now.

 

Thank you, God bless you, and God bless this country we love.

 

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Last modified onWednesday, 21 January 2015 06:52
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Latina Bella


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